Gat-Jéfer, pueblo en la frontera de Zabulón (Jos 19:13), es el hogar del profeta Yónah (II Re 14:25). Es la moderna Khirbet el-Zurra, a unos 5 km al noreste de Nazaret, cerca de la cual existe una supuesta tumba de Yónah.

En cumplimiento de la palabra de Yahveh, difundida por boca de Yónah, el rey Jeroboam II logró restablecer "el límite de Israel, desde el punto de entrada de Hamat hasta el mismo mar del Arabá (el mar Muerto)". De modo que, al parecer, Yónah fue profeta en el reino del norte diez tribus durante el reinado de Jeroboam II, quien reinó 41 años (820 al 779 a.C.) Es la misma persona a quien Yahveh comisionó para proclamar juicio contra Nínive, por lo que es considerado el autor del libro bíblico homónimo en el período neoasirio que tradicionalmente se fecha cerca del 934–609 a.C.

Yónah es el hombre que se obstina en huir de la presencia de Dios, huir de manera dramática de la misión que Dios le encarga como profeta.

La misión que recibe Yónah es inaudita: ha de llevar un mensaje de perdón y misericordia al pueblo próximo enemigo de Israel que, de manera cruel y agresiva, le humillará y someterá más tarde.[1]

Es de extrañar la excepcionalidad de este mensaje. Normalmente, ante el pueblo elegido, aparecen profetas que denuncian su corrupción e inclinación insistente a la idolatría. Dios espera de su pueblo la conversión y el retorno a Él. Yónah debe asumir la tarea ímproba de profetizar a un pueblo hostil a Israel. Dios le encomienda la misión de llamar a conversión a los gentiles…

La predicación de Yónah transmite graves amenazas y condiciona el perdón y la misericordia de Dios al arrepentimiento sincero. Dios quiere la conversión. Su predicación es universalista: Dios no es sólo el Dios de los judíos, sino también el Dios de los paganos.



[1] El primer exilio de los israelitas fue el del reino del norte (Samaria) llevado a cabo por los asirios, que se produjo en dos fases: la primera en el 734 a.C. bajo Tiglat-pileser III (2 R. 15:29); y la segunda y culminante, en el 722 a.C., bajo Salmanasar y su sucesor, Sargón II, cuando la ciudad de Samaria fue destruida y el reino del norte dejó de existir (2 R. 17:5-6).

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